sábado, 27 de agosto de 2016
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lunes, 22 de agosto de 2016
domingo, 21 de agosto de 2016
Jiddu Krishnamurti
El último diario (25 de febrero de 1983)
Mientras las horas pasan (no importa el nombre del árbol, lo que importa es su belleza), una cualidad extraordinaria parece extenderse sobre toda la Tierra, sobre el río. Y cuando el Sol asciende un poco más, las hojas comienzan a aletear, a danzar. Y cada hora que pasa parece conferir a ese árbol una cualidad diferente. Antes de salir el Sol, se lo ve melancólico, sosegado, muy distante y pleno de dignidad. Y al comenzar el día, las hojas cubiertas de luz danzan y le da al árbol ese peculiar sentido que uno tiene de inmensa belleza. A mediodía, su sombra se ha hecho más profunda, y uno puede sentarse ahí protegido del Sol, sin sentirse jamás solo con el árbol como compañero. Mientras uno permanece ahí, existe una relación de profunda y perdurable seguridad y una libertad que únicamente los árboles pueden conocer. Hacia el anochecer; cuando el cielo occidental se ilumina con el Sol poniente, el árbol se vuelve poco a poco sombrío, oscuro y se cierra sobre sí mismo. El cielo se ha tornado rojo, amarillo y verde, pero el árbol permanece quieto, oculto, y descansa durante la noche.
Si uno establece una relación con el árbol, está relacionado con toda la humanidad. Uno es responsable, entonces por ese árbol y por los árboles del mundo. Pero si uno no se relaciona con las cosas vivientes de esta Tierra, puede perder toda relación con la humanidad, con los seres humanos. Nosotros nunca observamos profundamente la cualidad de un árbol, nunca lo tocamos realmente, sintiendo su solidez, su áspera corteza, ni escuchamos el sonido que forma parte del árbol. No el sonido del viento entre las hojas, ni el de la brisa que en la mañana agita el follaje, sino el sonido propio del árbol, el sonido del tronco y el silencioso sonido de las raíces. Uno tiene que ser extraordinariamente sensible para escuchar el sonido. Este sonido no es el ruido del mundo, ni el ruido del parloteo mental, ni el de la vulgaridad de las disputas humanas y del conflicto humano, sino el sonido como parte del universo.
Es extraño que tengamos tan poca relación con la naturaleza, con los insectos, con la rana saltarina, con el búho que ulula entre los cerros llamando a su pareja. Parece que nunca experimentamos sentimiento alguno por todas las cosas vivientes de la Tierra. Si pudiéramos establecer una profunda y duradera relación con la naturaleza, jamás mataríamos un animal para satisfacer nuestro apetito, jamás haríamos daño a un mono, a un perro o a un conejillo de Indias practicando con ellos la vivisección para nuestro propio beneficio. Encontraríamos otros medios para curar nuestras heridas, nuestros cuerpos. Pero la curación de la mente es algo por completo distinto. Esa curación tiene lugar gradualmente si uno está con la naturaleza, con esa naranja en el árbol, con la brizna de hierba que empuja a través del cemento, con los cerros cubiertos, ocultos por las nubes.
Esto no es sentimentalismo ni imaginación romántica, sino la realidad de una relación con todo cuanto vive y se mueve sobre la Tierra. El hombre ha matado millones de ballenas y aún las sigue matando. Todo lo que obtenemos de esa matanza podríamos obtenerlo por otros medios. Pero, al parecer, el hombre gusta de matar cosas, mata al ciervo veloz, a la maravillosa gacela y al gran elefante. Nos gusta matarnos unos a los otros. Este matar a otros seres humanos jamás ha cesado a lo largo de toda la historia del hombre sobre la Tierra. Si pudiéramos (y tenemos que hacerlo) establecer una profunda y perdurable relación con la naturaleza, con los arboles, los arbustos, las flores, la hierba y las rápidas nubes, jamás mataríamos a otro ser humano por ninguna razón. La guerra es el asesinato organizado, y aunque nos manifestemos contra una guerra en particular, jamás nos hemos manifestado contra la guerra en sí. Jamás hemos dicho que matar a otro ser viviente es el más grande pecado de la Tierra.
Mientras las horas pasan (no importa el nombre del árbol, lo que importa es su belleza), una cualidad extraordinaria parece extenderse sobre toda la Tierra, sobre el río. Y cuando el Sol asciende un poco más, las hojas comienzan a aletear, a danzar. Y cada hora que pasa parece conferir a ese árbol una cualidad diferente. Antes de salir el Sol, se lo ve melancólico, sosegado, muy distante y pleno de dignidad. Y al comenzar el día, las hojas cubiertas de luz danzan y le da al árbol ese peculiar sentido que uno tiene de inmensa belleza. A mediodía, su sombra se ha hecho más profunda, y uno puede sentarse ahí protegido del Sol, sin sentirse jamás solo con el árbol como compañero. Mientras uno permanece ahí, existe una relación de profunda y perdurable seguridad y una libertad que únicamente los árboles pueden conocer. Hacia el anochecer; cuando el cielo occidental se ilumina con el Sol poniente, el árbol se vuelve poco a poco sombrío, oscuro y se cierra sobre sí mismo. El cielo se ha tornado rojo, amarillo y verde, pero el árbol permanece quieto, oculto, y descansa durante la noche.
Si uno establece una relación con el árbol, está relacionado con toda la humanidad. Uno es responsable, entonces por ese árbol y por los árboles del mundo. Pero si uno no se relaciona con las cosas vivientes de esta Tierra, puede perder toda relación con la humanidad, con los seres humanos. Nosotros nunca observamos profundamente la cualidad de un árbol, nunca lo tocamos realmente, sintiendo su solidez, su áspera corteza, ni escuchamos el sonido que forma parte del árbol. No el sonido del viento entre las hojas, ni el de la brisa que en la mañana agita el follaje, sino el sonido propio del árbol, el sonido del tronco y el silencioso sonido de las raíces. Uno tiene que ser extraordinariamente sensible para escuchar el sonido. Este sonido no es el ruido del mundo, ni el ruido del parloteo mental, ni el de la vulgaridad de las disputas humanas y del conflicto humano, sino el sonido como parte del universo.
Es extraño que tengamos tan poca relación con la naturaleza, con los insectos, con la rana saltarina, con el búho que ulula entre los cerros llamando a su pareja. Parece que nunca experimentamos sentimiento alguno por todas las cosas vivientes de la Tierra. Si pudiéramos establecer una profunda y duradera relación con la naturaleza, jamás mataríamos un animal para satisfacer nuestro apetito, jamás haríamos daño a un mono, a un perro o a un conejillo de Indias practicando con ellos la vivisección para nuestro propio beneficio. Encontraríamos otros medios para curar nuestras heridas, nuestros cuerpos. Pero la curación de la mente es algo por completo distinto. Esa curación tiene lugar gradualmente si uno está con la naturaleza, con esa naranja en el árbol, con la brizna de hierba que empuja a través del cemento, con los cerros cubiertos, ocultos por las nubes.
Esto no es sentimentalismo ni imaginación romántica, sino la realidad de una relación con todo cuanto vive y se mueve sobre la Tierra. El hombre ha matado millones de ballenas y aún las sigue matando. Todo lo que obtenemos de esa matanza podríamos obtenerlo por otros medios. Pero, al parecer, el hombre gusta de matar cosas, mata al ciervo veloz, a la maravillosa gacela y al gran elefante. Nos gusta matarnos unos a los otros. Este matar a otros seres humanos jamás ha cesado a lo largo de toda la historia del hombre sobre la Tierra. Si pudiéramos (y tenemos que hacerlo) establecer una profunda y perdurable relación con la naturaleza, con los arboles, los arbustos, las flores, la hierba y las rápidas nubes, jamás mataríamos a otro ser humano por ninguna razón. La guerra es el asesinato organizado, y aunque nos manifestemos contra una guerra en particular, jamás nos hemos manifestado contra la guerra en sí. Jamás hemos dicho que matar a otro ser viviente es el más grande pecado de la Tierra.
Durante nuestra vida causamos trastornos en la vida de muchas personas, porque somos imperfectos.
En las esquinas de la vida pronunciamos palabras inadecuadas, hablamos innecesariamente, molestamos.
En las relaciones más cercanas, agredimos tanto voluntaria como involuntariamente. Pero agredimos.
No respetamos los tiempos del otro, la historia del otro. Parece que el mundo gira en torno a nuestros deseos y el otro es sólo un detalle. Y así que vamos a causar trastornos.
Estos muchos trastornos muestran que no estamos listos, pero en construcción.
Ladrillo a ladrillo, el templo de nuestra historia toma forma.
El otro también está en construcción y también causa trastornos.
Y, a veces, un ladrillo cae y nos duele. Otras veces, es cal o cemento ensuciando nuestro rostro. Y cuando no es uno, es otro. Y todo el tiempo tenemos que limpiarnos y cuidarnos nuestras heridas, así como otras personas que viven con nosotros también lo tiene que hacer.
Los errores de los demás, mis errores. Mis errores, los errores de los demás.
Esta es una conclusión fundamental: todas las personas cometen errores. A partir de esta conclusión a la que llegamos a una necesidad humana y cristiana: el perdón.
Perdonar es cuidar de las heridas y suciedades. Entendemos que los trastornos son a menudo involuntarios.
Los errores de los demás son similares a mis errores y que, como caminantes de un viaje, tenemos que mirar hacia adelante. Si nos preocupamos por el ladrillo caído o el polvo, ya no se contempla el horizonte.
Y será un desperdicio.
La invitación a hacer es que se experimenta la belleza del perdón.
Si me he equivocado, si te he hecho daño, si juzgué mal, perdón para todos estos trastornos ...
Estoy en construcción.
El texto se atribuye a Gabriel Chalita, profesor, escritor y presentador de TV Canção Nova.
En las esquinas de la vida pronunciamos palabras inadecuadas, hablamos innecesariamente, molestamos.
En las relaciones más cercanas, agredimos tanto voluntaria como involuntariamente. Pero agredimos.
No respetamos los tiempos del otro, la historia del otro. Parece que el mundo gira en torno a nuestros deseos y el otro es sólo un detalle. Y así que vamos a causar trastornos.
Estos muchos trastornos muestran que no estamos listos, pero en construcción.
Ladrillo a ladrillo, el templo de nuestra historia toma forma.
El otro también está en construcción y también causa trastornos.
Y, a veces, un ladrillo cae y nos duele. Otras veces, es cal o cemento ensuciando nuestro rostro. Y cuando no es uno, es otro. Y todo el tiempo tenemos que limpiarnos y cuidarnos nuestras heridas, así como otras personas que viven con nosotros también lo tiene que hacer.
Los errores de los demás, mis errores. Mis errores, los errores de los demás.
Esta es una conclusión fundamental: todas las personas cometen errores. A partir de esta conclusión a la que llegamos a una necesidad humana y cristiana: el perdón.
Perdonar es cuidar de las heridas y suciedades. Entendemos que los trastornos son a menudo involuntarios.
Los errores de los demás son similares a mis errores y que, como caminantes de un viaje, tenemos que mirar hacia adelante. Si nos preocupamos por el ladrillo caído o el polvo, ya no se contempla el horizonte.
Y será un desperdicio.
La invitación a hacer es que se experimenta la belleza del perdón.
Si me he equivocado, si te he hecho daño, si juzgué mal, perdón para todos estos trastornos ...
Estoy en construcción.
El texto se atribuye a Gabriel Chalita, profesor, escritor y presentador de TV Canção Nova.
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