sábado, 21 de septiembre de 2013

 En el fondo, amar es un acto de fe. Siempre el encuentro de una pareja es milagroso. No deberíamos haber ido a ese sitio, pero movidos por una fuerza que creemos absurda, vamos para encontramos con la persona que nos acompañará el resto de nuestra vida. O bien, el mágico encuentro se produce a un momento dado: si hubiéramos estado ahí cinco minutos antes o cinco minutos después, nada hubiera sucedido. Desde la primera mirada el amor se presenta con una certeza absoluta. Sin embargo, si dejamos entrar las dudas, los celos, el espíritu de posesión, el milagro se desvanece. Pensando en ello he escrito esta fábula:

En una playa perdida junto al mar Caribe, un indígena vivía de la pesca. En las noches, solitario, mirando la luna, se preguntaba: “¿Por qué no tengo una mujer como los otros. Quiero una compañera simple y a la vez brillante. La quiero humana y también diosa. Deseo que en la noche oscura ilumine mi camino”. Para pasar el tiempo, plantó sandías. Crecieron enormes. Las cargó en su burro y fue a venderlas al mercado de un pueblo. A mediodía llegó un hombre moreno acompañado de una extraña mujer: a pesar de ser joven, sus cabellos eran plateados. El indígena exclamó, admirado: “¡Raro es el cabello de tu mujer!” El moreno le respondió: “Más extraño su corazón, porque también es plateado”. El indígena le preguntó: “¿Dónde nacen mujeres tan maravillosas?”. El otro le dijo: “En un pueblo de brujos, detrás de las montañas. El que se casa con una de ellas alcanza la paz, el amor, la sabiduría, la prosperidad”. Y no quiso decir más. El indígena exclamó: “¡Encontraré una mujer así!”. Y abandonando su burro y sus sandías fue a las montañas. Escaló, bajó, atravesó valles, bosques, desiertos, miles de aldeas. Buscó durante años. Le creció el cabello, la barba, se cubrió de harapos, adquirió expresión de loco. Los campesinos se rieron de él. “¡Ja, ja, busca una mujer con el corazón plateado!”. Nunca la encontró.   Decepcionado, volvió a su playa para vivir desnudo comiendo sólo almejas. Un día vio bajar a una mujer por el cerro. ¡Tenía la cabellera plateada! Cuando llegó junto a él, le dijo: “Me envían los brujos porque lo has dejado todo por mí. Te pertenezco.” El gruñó: “No creo que tus cabellos sean reales: te los has pintado. ¡Y tu corazón ha de ser rojo! ¡Te desenmascararé!” Bruscamente le hundió un cuchillo entre los senos para abrir un surco y extraerle el corazón. ¡Era plateado! Gritó: “¡He recuperado la fe! ¡Lograré por fin la paz, el amor, la sabiduría y la prosperidad!” Pero ya era tarde, la mujer estaba muerta.

Llegas hasta donde llega tu fe.
Alejandro Jodorowsky




¿TU PROBLEMA CONSISTE EN COMENZAR COSAS SIN PODER NUNCA TERMINARLAS?

Alejandro Jodorowsky: He recibido muchas preguntas de personas que padecen el problema de comenzar cosas sin poder nunca terminarlas. También hay otras que tienen multitud de planes e ideas por realizar, pero los embarga la desidia y nunca comienzan. Aquí, en Plano sin Fin encontrarán una descripción de lo que les sucede y su posible solución. Busquen el tema “Neurosis de fracaso” o bien en mi libro “Manual de Psicomagia”. Cuando yo era joven, sufría de esta neurosis, no pudiendo terminar lo poco que lograba comenzar. Hasta que un día me sucedió algo, la mayor humillación que he sufrido en mi vida, que me curó este problema haciendo que siempre terminara lo que habìa comenzado. Con una gran vergüenza, les voy a contar lo que me pasó:

En Santiago de Chile, cuando yo tenía 18 años, a lo único que quería dedicarme era a la poesía. Una noche de invierno acompañé a un amigo de mi misma edad, el poeta Enrique Lihn, que estabademasiado ebrio, a su casa.Vivía en un barrio apartado, oscuro, de calles estrechas. Una gran avenida, que por humorada del destino se llamaba Providencia, extendía su ancho lomo a unas cuadras de ahí. Le entregué el poeta a su madre, me despedí de ellos y emprendí el regreso. Vi aproximarse, por mi vereda, a tres individuos de mala catadura. Instintivamente cambié de lado. Ellos, al ver el movimiento defensivo, se abrieron en abanico. Uno sacó una macana, el otro un cuchillo y el tercero una pistola. ¡Me puse a correr! “¡Párate, maricón!”, gritaron. Lancé un pedido de auxilio que sonó como chillido de puerco en el matadero. ¡Ninguna ventana se abrió! Ahí iba yo, el ex inmortal, al borde del abismo bajo el indiferente firmamento, galopando por una calle-cementerio donde puertas selladas defendían mausoleos, dejando en mis pantalones la huella fecal del miedo… Con la dignidad pulverizada, deposité mis esperanzas en llegar a la avenida Providencia. ¡A veinte metros de ella vi que estaba oscura: una pana de corriente! Y entonces, vencido, entregado, me detuve y esperé a los bandidos. ¡Llegaron y de un puñetazo en el estómago me lanzaron a tierra! Con calma agónica les rogué que no me mataran, que se llevaran todo, porque yo era un poeta. Me pidieron la billetera, que guardaba sólo un escuálido billete; observaron mis papeles de estudiante, saludaron y se fueron diciendo que eran policías y que me habían confundido con un ladrón. “¡Para otra vez no corra, porque se hace sospechoso!”. Adolorido en cuerpo y alma, llegué a la avenida: ¡Ahí, a la vuelta de la esquina, había veinte personas jugando cartas en un café! ¡Con unos cuantos pasos hubiera estado a salvo! ¡Si fueran asaltantes podían haberme matado, por entregarme como una res!

¡En ese mismo instante juré que siempre mantendría mis esfuerzos hasta que no me quedara una gota de energía y que nunca abandonaría una obra empezada hasta no haberla terminado!



No renuncio a nada, simplemente hago todo lo que puedo para que las cosas me renuncien a mí.

— Cortázar
Un hombre, perfectamente sano, comenzó a tener miedo de enfermarse de los brazos. Fue a visitar a un doctor. Este, tras largos exámenes, concluyó: “¡Lo único que podemos, si usted teme enfermarse de los brazos, es cortárselos, así no podrá atrapar ninguna enfermedad en esas extremidades!” Lo hicieron. El paciente, manco, se sintió seguro un tiempo. Pero después empezó a tener miedo de atrapar una enfermedad en las piernas. Esta angustia no lo dejaba vivir. Consultó de nuevo al médico y este lo convenció de que al no tener piernas dejaba de atrapar una enfermedad en ellas. Se las cortó… Pasó el tiempo. Convertido en hombre-tronco, en un carrito de ruedas, el paciente volvió al consultorio, con un terror tremendo de atrapar una enfermedad en las vísceras. El doctor construyó una máquina especial con pulmones, hígado, corazón, tripas y demás vísceras, artificiales; separó la cabeza y la conectó al mecanismo, arrojando el resto del cuerpo a la basura. La cabeza, feliz, sin temor de atrapar enfermedades, se sintió asegurada… Mas un día lo que quedaba del paciente comenzó a llorar. El médico, intrigado, quiso saber la causa de su pena. La cabeza, prisionera de las válvulas de plástico, tristemente respondió: “¡Es que tengo muchas ganas de revolcarme desnudo en la hierba!”.

A veces, por temor a perder algo, nosotros mismos lo eliminamos. Sacamos los sentimientos de nuestro corazón por miedo a no ser correspondidos. No luchamos para obtener un triunfo por miedo a no lograrlo. No construimos nuestra vida en la forma que queremos por miedo a las dificultades que se van a presentar en el camino. No saciamos nuestros deseos por miedo a ser atrapados en ese placer, convertido en vicio. Nos vamos mutilando para darnos cuenta, un día, que esas ilusiones, sentimientos, deseos, aún persisten, que tenemos un apetito voraz de vivir; pero ya es demasiado tarde: hemos perdido la fuerza de obtener lo que queremos…


A usted cualquier adjetivo le queda pequeño, no hay canciones, letras, colores, verbos, libros,notas, flores, poemas, paredes, ni nada, cuando se trata de usted todo eso es poco...

ANALIZAR NUESTRO ÁRBOL GENEALÓGICO. PRIMER CUESTIONARIO





Si pretendemos profundizar en el conocimiento de nuestro árbol genealógico, podemos empezar a responder las siguientes preguntas:

1.- ¿Cuál es mi finalidad en la vida?

Hay miles de posibles respuestas, desde conseguir un buen trabajo hasta conocer el funcionamiento del Universo. Es una pregunta fundamental, que debemos responder con valentía. Entendiendo por finalidad el objetivo que nos marcamos en estos momentos, que puede cambiar con el transcurso del tiempo.

2.- ¿Fui un hijo deseado?

Pregunta difícil, pretendemos no saberlo, incluso mirar en otra dirección. Resulta doloroso no ser esperado ni deseado. Tal vez nuestra madre intentó abortarnos, o incluso puede que seamos el fruto de una violación. Sea como sea, debemos conocer la respuesta…

3.- ¿Me querían del sexo que soy?

Si soy el segundo hermano y antes había un chico, con toda probabilidad mis padres deseaban una niña. O bien, hay cuatro hermanas y de repente viene el niño, que será sin duda “el deseado”.
Los padres a veces mienten consciente o inconsciente respecto a esta pregunta, dicen alguna obviedad como: ¡lo importante es que venga bien! Pero sus actos posteriores los delatan cuando empiezan a regalar balones de fútbol a esa tercera hija “consecutiva”…

4.- ¿Por quién o por qué eligieron mi nombre?

Me llamo Antonio, como mi padre y mi abuelo. O por el contrario, soy chica y me pusieron el nombre de una antigua novia de mi padre. Lo ideal es tener un nombre que nunca haya sido usado en nuestro árbol genealógico, algo que nos concederá mayores márgenes de libertad.

5.- ¿La fecha y hora de mi nacimiento, cuál es? ¿Se asemeja a otra fecha importante para mi familia?

Esas “casualidades” o sincronicidades: He nacido el mismo día que mi abuelo materno, o llegué al mundo el día del aniversario de la muerte de una de mis abuelas.

6.- ¿Cómo fue mi embarazo y mi parto?

¿Sencillo, o rodeado de todo tipo de complicaciones? Nací a los siete meses, antes de estar completamente formado o a los diez, con la sensación de que me retuvieron en contra de mi voluntad.
¿Nací por cesárea?, ¿Mi madre murió con el parto?…

7.- ¿Me dieron de mamar? ¿Cuánto tiempo?

Cualquier situación que se de por defecto o por exceso es un “abuso”. No tuve la experiencia de tomar leche materna, o la tomé hasta los cinco años.

8.- ¿Ocurrieron acontecimientos importantes en mi infancia? ¿Cómo es y ha sido mi salud?

Somos como esponjas que absorbemos las emociones de ese periodo de nuestra vida. ¿Se separaron nuestros padres cuando éramos unos niños? ¿Cambiaron de país? ¿Les afectó una guerra? ¿Un accidente los dejó marcados?
-Nuestra salud es de hierro. O tal vez, durante los primeros cuatro años de mi vida sufrí de amigdalitis… Me rompí tres veces el mismo brazo

9.- ¿De qué personas recibí cuidados, afecto y educación en mi infancia? ¿Qué mascotas hubo en casa?

Es posible que nuestros padres estuvieran poco y la que nos atendía era nuestra abuela materna. O sencillamente nuestra hermana mayor, 10 años mayor que nosotros, era la que nos vigilaba.
Las mascotas: pájaros, gatos, perros, etc.

10.- ¿Qué lugar ocupo en la hermandad?

El octavo, o soy hijo único y tengo todo el espacio y la atención de mis padres.

12.- ¿Cuáles son los nombres de mis hermanos (incluidos abortos y fallecidos) y las fechas de nacimientos de cada uno de ellos?

Observemos si llevamos el nombre de un hermano muerto antes de nuestro nacimiento, si remplazamos a un muerto. O nuestra fecha de nacimiento coincide con la de ese aborto traumático de nuestra madre… Incluso si nacimos el día de su aniversario de boda

13.- ¿Qué circunstancias económicas había en mi hogar?¿Hubo carencias o derroches? ¿Se amaba el dinero o por el contrario de despreciaba?

El dinero es una energía y nuestra relación con él está marcada por un patrón básico que se imprime en la infancia.

14.-¿Cómo era la convivencia con mis hermanos mientras viví con ellos? ¿Colaborábamos? ¿Competíamos?¿Cómo es en la actualidad?

Rivalidad absoluta y continuas peleas por el espacio, o de cooperación y fluidez.
Puede que en la actualidad la relación con nuestros hermanos sea cálida y de cooperación o alejada y distante en todos los sentidos.

15.- ¿Hubo alguno de ellos que acaparó más atención qué los demás? ¿Por qué?

La respuesta siempre estuvo frente a nuestros ojos, tal vez no nos atrevíamos a mirarla. Se paga un precio por ser el preferido.

16.- ¿Qué es de ellos en la actualidad? ¿Tienen pareja e hijos? ¿A qué se dedican? ¿Cómo es la salud de mis hermanos?

Pregunta fundamental para entender el tema del territorio, del espacio, del ego corporal o material.

(Colocaremos próximamente aquí los siguientes cuestionarios)

Plano sin fin

Imagen: JuDuq


LA FÁBULA DE LA RATA SARNOSA

Alejandro Jodorowsky: Vivimos en un mundo materialista donde el dinero es sinónimo de “deuda”. “Una rata descuidada se había dejado invadir por la sarna. Hacía ya tanto tiempo que el mal la aquejaba, que su picazón le parecía normal. Como le daba flojera observarse a sí misma, se dedicó a criticar a sus congéneres. Por ese solo hecho se sintió Maestra. “¡Nadie hace algo por superarse! ¡Mi raza está en decadencia! ¡Debo ayudar al mundo!”… Entre los roedores más jóvenes, encontró fervientes discípulos. Mientras se hacía traer queso gratis, les enseñaba “cómo progresar”. A medida que los jóvenes adquirían conocimientos de su Maestra, también atraparon su sarna. ¡Furiosos la expulsaron! La “Maestra” volvió a su guarida y desde allí se dedicó a insultar al mundo que no había querido aceptar sus consejos salvadores.”

El trabajo interno requiere esfuerzos dolorosos que muchos no están dispuestos a efectuar. Corregir las desviaciones de nuestros pensamientos, emociones y deseos, requiere una dedicación constante. Algunos seres, por pereza o por miedo a enfrentar sus propios fantasmas y hábitos negativos, antes de ayudarse a ellos mismos quieren ayudar a los otros. ¿Qué ayuda pueden dar con una mente contaminada? También, en tanto que colectividad, por muy necesitados que estemos, debemos verificar cuidadosamente quién es el organismo o país que nos ofrece su ayuda en forma de préstamo. Tal vez por aceptar lo que “generosamente” nos otorga, a causa de la deuda seamos explotados -darle en pago nuestros productos a precios ridículos- y además atrapar su sistema sarnoso. Un sano mendrugo de pan vale más que un aromático guiso envenenado.



"En las noches clarísimas y heladas que ve desde su cuarto abierto al patio, para no morirse tan irreparablemente, urde una persona que la recordará. Busca, Atalita, búscala pronto a esa persona, no hagas caso de tu edad. Si crees que con eso conseguirás morirte menos, búscalo a tu amor. Pero yo sé, le vas a pedir todo, que sea tu padre, tu madre, tu hermano, tu hijo, la vida y el más allá. Pobrecita, ¿quién podrá ser al mismo tiempo el misterio y su solución, la piel y el desenfrenado espíritu? Pero hubieran debido al menos dejártelo intentar". Fragmento de "Aire tan dulce" de Elvira Orphée




Ante todo: "Respetamos los límites de los otros sin jamás violar las fronteras"
CONCIENCIA.

Alejandro Jodorowsky: Este doctor se preocupa de obtener un resultado de apariencia saludable sin preocuparse de los destrozos que puede causar su método. La mayoría de las medicinas píldoreras sanan los síntomas pero provocan efectos dañinos secundarios que exigen tragar nuevas píldoras para acabar con ellos. Las nuevas píldoras producen otros males secundarios y así y así, como un cuento de nunca acabar. Conocí a un hombre que se casó con una mujer dominante, se divorció y luego volvió a casarse con una mujer dominante, y así y así, hasta que la última lo asesinó. Nunca osó entablar una confrontación con su madre dominante para solucionar sus traumas infantiles… Hay otra manera de interpretar este chiste: nos transformamos en lo que comemos. Los vegetarianos tienden al pacifismo, los carnívoros pueden llegar a la violencia. En Tibet los discípulos comían el cerebro y el corazón de su maestro muerto para incorporarlo a sus almas. Pero el estómago y los pulmones no son los exclusivos asimiladores de alimento: el espíritu se nutre de sentimientos e ideas. Si te llenas de sentimientos negativos, celos, envidias, rencores, posesividad, llenarás al mundo de efluvios emocionales pestilentes, competencias crueles, ocios mortales, guerras. Lo mismo con las ideas: si te repites sin cesar “no hay cosa que valga” creyendo que lo sublime es una utopía odiosa, con tus bajas vibraciones mentales contribuyes a la destrucción de tu sociedad y tu planeta… Estamos por entero unidos a los otros: si inyectamos en nuestra sangre sustancias nocivas, acortamos no sólo nuestra vida sino la de nuestros semejantes. “Cuando tú te auto destruyes, destruyes una parte de mí. Cuando tú te auto destruyes eres un fragmento del planeta que se destruye. Cuando tú te auto destruyes desprovees de tu aliento a las plantas; y a tu muerte, envenenando el suelo, haces padecer al mineral”. Nuestra vida no es un tesoro individual, pertenece a la riqueza de la raza humana. Nuestra sagrada tarea es descubrir y desarrollar lo sublime que anida en nuestro cuerpo, alma y espíritu. Si me nutro de belleza colaboro a transformar el mundo en un edén.


Siendo el dolor un estado pasajero,

no cometas el error de dejarlo instalarse para siempre.


El niño aprende poco a poco que el dolor es inevitable. Si los padres acompañan este aprendizaje con madurez, humor y ternura, él aprenderá a gestionar todas las relaciones complejas que engendra su propia crueldad y los límites que se le imponen, y la crueldad del otro y los límites que él mismo se impone. La crueldad infantil espontánea es inocente y su propio dolor el que enseña al niño que el otro sufre tanto como él. Un ser que no hubiera pasado jamás por la experiencia de dolor sería alguien con una crueldad sin límites.

Este núcleo bien acompañado permite que el dolor (necesario e inevitable) no se transforme en sufrimiento (prolongación inútil del dolor). El adulto maduro descubre así la alegría, o sea la capacidad de enfocarse en la fuerza de la vida a través de los episodios dolorosos.

viernes, 20 de septiembre de 2013


Plutón, el planeta de las transformaciones profundas, el Señor de la Muerte, termina su fase retrógrada hoy y se pone directo- invitándonos a mirar hacia adelante.
Durante los cinco meses que estuvo retrogradando tuvimos que sumergirnos en los confines de nuestra psique y enfrentar nuestros demonios y nuestros karmas personales con valentía, sumergiéndonos en nuestro "mundo de abajo", viendo el fango, el dolor, el hueso. Plutón retrógrado fue una oportunidad para renacer, pero renacer implica dejar morir partes nuestras que debemos soltar para dejar entrar lo nuevo, y esto implica dolor.
Ahora, con Plutón directo, podemos darle la bienvenida a nuestro nuevo ser. Como el Ave Fénix, renacemos de nuestras cenizas con más fuerza y ganas que nunca, pero en el proceso debimos dolorosamente soltar lastres.
Cuánto más honda fue la realidad a la que te enfrentaste, cuánto más indagaste en tus miedos, bloqueos, traumas y oscuridades, más son las posibilidades de haber crecido y evolucionado. Si por el contrario, cerraste los ojos y negaste que hay una parte tuya que necesita ser reconocida y superada, entonces deberás seguir arduamente en el camino del "hacerte cargo". No existe la luz sin la oscuridad; debemos aceptar las partes más oscuras nuestras para ser capaces de integrarlas y poder brillar con más fuerza que nunca. ¡¡¡Reinventemonos!!! 


“No quiero que me ames.
Quiero que ames.
Los incendios no tienen dueño.”

Alejandro Jodorowsky, en “Todas las piedras”

Alejandro Jodorowsky:

Un discípulo le preguntó a su Maestro: “Usted ha dicho que los celos son el temor que uno tiene de que los otros le den al ser amado lo que uno no es capaz de darle… Pero, ¿qué pasa si uno puede darle también lo que los otros le dan?”

El Maestro contestó: “Como no conoces tus límites, porque rehuyes trabajar contigo mismo, no aceptas que hay algo que no le puedes dar al ser amado y crees que eso que le dan tú también podrías dárselo. Sin embargo, pregúntate por qué va a buscar en otros lo que tú crees tener, si cuanto más quien te ama preferiría obtener de tu mano que de una ajena. ¡Va lejos porque cerca no encuentra!… No somos infinitos: debes aprender a conocer tus límites para después darle al ser amado todo lo que eres. Ni menos ni más. Menos, sería egoísmo. Más, sería falsedad…
Amar no es querer encadenar al ser amado. Amar es querer que este llegue a la mayor realización de sí, aunque tú no obtengas provecho de ese logro… El verdadero amor , el amor consciente, no pide: sólo desea dar. Y agradece al otro la maravilla que es su presencia y su libre existencia.”

El Maestro entonces le contó al discípulo la fábula de las dos lagunas:
“Había una vez dos lagunas casi secas. Uno de ellas, a pesar de su agua escasa, no dejaba que las raíces de los árboles de sus orillas fueran a beber a un río cercano. Y es así como estaba rodeada de plantas raquíticas… La otra laguna dejaba que sus árboles estiraran las raíces hacia el río. Así gozaba viendo árboles frondosos en sus orillas y oyendo el canto de las aves que anidaban en sus follajes.”
EL CHO KU REI:

Es el símbolo sagrado de la luz, también conocido como el conector, símbolo de la fuerza o símbolo del poder. Abre el paso al flujo de la energía. 
Este sello es definido por el Reiki como el despertador de la energía curativa. Es un símbolo de comienzo y generación de algo nuevo cuyo poder radica básicamente en activar y potenciar la energía del Universo.
El símbolo del Cho Ku Rei es un antiguo legado de Mikao Usui cuya activación entraña fuerzas muy positivas, llenas de sanación y regeneración. Es la primera llave de la puerta del Reiki y necesita de una iniciación previa en esa técnica para poder activarlo.
Multiplica el caudal de energía que canalizamos, de tal forma que cuando lo trazamos, se aumenta el flujo de energía. También es el símbolo de la protección.
Su nombre significa: “el poder está aquí”, "energía aquí y ahora", y al trazarlo se pronuncia su mantra (nombre) tres veces, no necesariamente en voz alta, dependiendo de la situación. 
Se usa también para proteger espacios, una habitación, un vehículo, una casa...etc.. se puede aplicar a la comida, al agua, y a cualquier cosa que se os ocurra. Su utilidad es infinita.
Transforma las energías mas densas (conocidas como negativas) en energía mas sutil (positiva).



jueves, 19 de septiembre de 2013

Hoy Luna Llena en Piscis...tiempos kármicos, emocionales, se remueve lo más hondo. Permitámonos soltar la mente y sentir, las respuestas las tiene el soncko (el corazón), él sabe qué nos hace bien. Es tiempo de salir de la maraña de ilusiones, del pensar que la felicidad viene en bandeja desde algo externo, es hora de abrir los ojos a la conciencia que no hay salvadores afuera, que nadie nos rescatará de nuestras quejas, insatisfacciones e inseguridades. No hay varitas mágicas, ni remedios milagrosos. El trabajo es día a día , paso a paso, con los ojos abiertos y con mucha perseverancia y humildad y por sobre todo, con CORAJE y corazón de guerreros con espíritu indomable. Jueves Jupiteriano, agradeciendo la permanente expansión que generamos con lo que somos.



Estará activado un buen tiempo porque están Saturno, Venus y el Nodo Norte en Escorpio, hoy en conjunción. Los procesos son profundos, llevan tiempo y lo mejor es hacernos cargo, no tratar de culpar al afuera o victimizarnos. Es tiempo de empoderarnos y tomar las riendas de nuestras vidas.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

Mientras sigamos estancados internamente, nuestra vida lo estará externamente. La única forma de ampliar nuestro conocimiento de la vida es estar dispuesto a profundizar en ella. Da lo mismo si el problema ocurrió hace décadas, el reto consiste en afrontarlo y resolverlo ahora, para que en las décadas que nos quedan por delante nos hayamos liberado de la trampa kármica de volver siempre a repetir los mismos desastres del pasado. - 
Marianne Williamson 




Confía en el plan...






Los tres saberes secretos del mago

Saber Sufrir: un mago no sufre porque sí, ni se deja arrastrar por el dolor, sino que aprende a extraer la luz y enfrenta el sufrimiento porque sabe que es un gran maestro.

Saber abstenerse: No es un reprimido, sino que conscientemente sabe que hay caminos que no va a transitar.

Saber morir: Aprende a morir de momento en momento porque tiene la claridad de que todo es transitorio, entonces sabe que el apego es una forma de estancarse. Solo al morir al pasado puede nacer al instante presente viendo la vida como algo nuevo, como un fluir que no se detiene.

Daniel Curbelo

Atraviesa el océano, del mismo modo que atraviesas los miedos, es el camino que te conducirá al verdadero amor, sin tantos cuestionamientos.  Haz. La vida transcurre. 



Cuidarnos a nosotros mismos, cuidar a otros, enviar reiki, enviar buenos pensamientos, sanarnos, amarnos, nutrirnos, nutrir a otros, dar lo mejor de nosotros mismos a otros seres que lo necesitan. Hay mucha destrucción en este Mundo, porqué no ser armas de creación masiva? de nutrición masiva? de amor masivo? Cuando tengas alguien enfrente, cuídalo  Cuidarlo es cuidarte. Cuidarnos entre todos. Ese es mi pensamiento para esta noche víspera de Luna Llena en Piscis. 



Yo nunca paseo por pasear. Es como decidirse a perder vida. Hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen pequeños agujeros por donde entren porque las almas están demasiado cerradas. Pero, ¿pasear porque sí?" Fragmento de ¡Ay, Enrique! por Elvira Orpheé



martes, 17 de septiembre de 2013

Cartas de mamá de Julio Cortázar


     Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después el las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta.

     Esa mañana había sido una de las tantas mañanas en que llegaba carta de mamá. Con Laura hablaban poco del pasado, casi nunca del caserón de Flores. No es que a Luis no le gustara acordarse de Buenos Aires. Más bien se trataba de evadir nombres (las personas, evadidas hacía ya tanto tiempo, los verdaderos fantasmas que son los nombres, esa duración pertinaz). Un día se había animado a decirle a Laura: «Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro.» En realidad, por qué no habían de hablar de Buenos Aires donde vivía la familia, donde los amigos de cuando en cuando adornaban una postal con frases cariñosas. Y el roto-grabado de La Nación con los sonetos de tantas señoras entusiastas, esa sensación de ya leído, de para qué. Y de cuando en cuando alguna crisis de gabinete, algún coronel enojado, algún boxeador magnífico. ¿Por qué no habían de hablar de Buenos Aires con Laura? Pero tampoco ella volvía al tiempo de antes, sólo al azar de algún diálogo, y sobre todo cuando llegaban cartas de mamá, dejaba caer un nombre o una imagen como monedas fuera de circulación, objetos de un mundo caduco en la lejana orilla del río.

—Eh oui, fait lourd —dijo el obrero sentado frente a él.
«Si supiera lo que es el calor —pensó Luis—. Si pudiera andar una tarde de febrero por la Avenida de Mayo, por alguna callecita de Liniers.»

      Sacó otra vez la carta del sobre, sin ilusiones: el párrafo estaba ahí, bien claro. Era perfectamente absurdo pero estaba ahí. Su primera reacción, después de la sorpresa, el golpe en plena nuca, era como siempre de defensa. Laura no debía leer la carta de mamá. Por más ridículo que fuese el error, la confusión de nombres (mamá había querido escribir «Víctor» y había puesto «Nico»), de todos modos Laura se afligiría, sería estúpido. De cuando en cuando se pierden cartas; ojalá ésta se hubiera ido al fondo del mar. Ahora tendría que tirarla al water de la oficina, y por supuesto unos días después Laura se extrañaría: «Qué raro, no ha llegado carta de tu madre.» Nunca decía tu mamá, tal vez porque había perdido a la suya siendo niña. Entonces él contestaría: «De veras, es raro. Le voy a mandar unas líneas hoy mismo», y las mandaría, asombrándose del silencio de mamá. La vida seguiría igual, la oficina, el cine por las noches, Laura siempre tranquila, bondadosa, atenta a sus deseos. Al bajar del autobús en la rue de Rennes se preguntó bruscamente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) por qué no quería mostrarle a Laura la carta de mamá. No por ella, por lo que ella pudiera sentir. No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara. (¿No le importaba gran cosa lo que ella pudiera sentir, mientras lo disimulara?) No, no le importaba gran cosa. (¿No le importaba?) Pero la primera verdad, suponiendo que hubiera otra detrás, la verdad inmediata por decirlo así, era que le importaba la cara que pondría Laura, la actitud de Laura. Y le importaba por él, naturalmente, por el efecto que le haría la forma en que a Laura iba a importarle la carta de mamá. Sus ojos caerían en un momento dado sobre el nombre de Nico, y él sabéa que el mentón de Laura empezaría a temblar ligeramente, y después Laura diría: «Pero qué raro... ¿qué le habrá pasado a tu madre?» Y él habría sabido todo el tiempo que Laura se contenía para no gritar, para no esconder entre las manos un rostro desfigurado ya por el llanto, por el dibujo del nombre de Nico temblándole en la boca.

     En la agencia de publicidad donde trabajaba como diseñador, releyó la carta, una de las tantas cartas de mamá, sin nada de extraordinario fuera del párrafo donde se habáa equivocado de nombre. Pensó si no podría borrar la palabra, reemplazar Nico por Víctor, sencillamente reemplazar el error por la verdad, y volver con la carta a casa para que Laura la leyera. Las cartas de mamá interesaban siempre a Laura, aunque de una manera indefinible no le estuvieran destinadas. Mamá le escribía a él; agregaba al final, a veces a mitad de la carta, saludos muy cariñosos para Laura. No importaba, las leía con el mismo interés, vacilando ante alguna palabra ya retorcida por el reuma y la miopía. «Tomo Saridón, y el doctor me ha dado un poco de salicilato...» Las cartas se posaban dos o tres días sobre la mesa de dibujo; Luis hubiera querido tirarlas apenas las contestaba, pero Laura las releía, a las mujeres les gusta releer las cartas, mirarlas de un lado y de otro, parecen extraer un segundo sentido cada vez que vuelven a sacarlas y a mirarlas. Las cartas de mamá eran breves, con noticias domésticas, una que otra referencia al orden nacional (pero esas cosas que ya se sabían por los telegramas de Le Monde, llegaban siempre tarde por su mano). Hasta podía pensarse que las cartas eran siempre la misma, escueta y mediocre, sin nada interesante. Lo mejor de mamá era que nunca se había abandonado a la tristeza que debía causarle la ausencia de su hijo y de su nuera, ni siquiera al dolor —tan a gritos, tan a lágrimas al principio— por la muerte de Nico. Nunca, en los dos años que llevaban ya en París, mamá había mencionado a Nico en sus cartas. Era como Laura, que tampoco lo nombraba. Ninguna de las dos lo nombraba, y hacía más de dos años que Nico había muerto. La repentina mención de su nombre a mitad de la carta era casi un escándalo. Ya el solo hecho de que el nombre de Nico apareciera de golpe en una frase, con la N larga y temblorosa, la o con una torcida; pero era peor, porque el nombre se situaba en una frase incomprensible y absurda, en algo que no podía ser otra cosa que un anuncio de senilidad. De golpe mamá perdía la noción del tiempo, se imaginaba que... El párrafo venía después de un breve acuse de recibo de una carta de Laura. Un punto apenas marcado con la débil tinta azul comprada en el almacén del barrio, y a quemarropa: «Esta mañana Nico preguntó por ustedes.» El resto seguía como siempre: la salud, la prima Matilde se había caído y tenía una clavícula sacada, los perros estaban bien. Pero Nico había preguntado por ellos.

      En realidad hubiera sido fácil cambiar Nico por Víctor, que era el que sin duda había preguntado por ellos. El primo Víctor, tan atento siempre. Víctor tenía dos letras más que Nico, pero con una goma y habilidad se podían cambiar los nombres. Esta mañana Víctor preguntó por ustedes. Tan natural que Víctor pasara a visitar a mamá y le preguntara por los ausentes.

      Cuando volvió a almorzar, traía intacta la carta en el bolsillo. Seguía dispuesto a no decirle nada a Laura, que lo esperaba con su sonrisa amistosa, el rostro que parecía haberse dibujado un poco desde los tiempos de Buenos Aires, como si el aire gris de París le quitara el color y el relieve. Llevaban más de dos años en París, habían salido de Buenos Aires apenas dos meses después de la muerte de Nico, pero en realidad Luis se había considerado como ausente desde el día mismo de su casamiento con Laura. Una tarde, después de hablar con Nico que estaba ya enfermo, se había jurado escapar de la Argentina, del caserón de Flores, de mamá y los perros y su hermano (que ya estaba enfermo). En aquellos meses todo había girado en torno a él como las figuras de una danza. Nico, Laura, mamá, los perros, el jardín. Su juramento había sido el gesto brutal del que hace trizas una botella en la pista, interrumpe el baile con un chicotear de vidrios rotos. Todo había sido brutal en eso días: su casamiento, la partida sin remilgos ni consideraciones para con mamá, el olvido de todos los deberes sociales, de los amigos entre sorprendidos y desencantados. No le había importado nada, ni siquiera el asomo de protesta de Laura. Mamá se quedaba sola en el caserón, con los perros y los frascos de remedios, con la ropa de Nico colgada todavía en un ropero. Que se quedara, que todos se fueran al demonio. Mamá había parecido comprender, ya no lloraba a Nico y andaba como antes por la casa, con la fría y resuelta recuperación de los viejos frente a la muerte. Pero Luis no quería acordarse de lo que había sido la tarde de la despedida, las valijas, el taxi en la puerta, la casa ahí con toda la infancia, el jardín donde Nico y él habían jugado a la guerra, los dos perros indiferentes y estúpidos. Ahora era casi capaz de olvidarse de todo eso. Iba a la agencia, dibujaba afiches, volvía a comer, bebía la taza de café que Laura le alcanzaba sonriendo. Iban mucho al cine, mucho a los bosques, conocían cada vez mejor París. Habían tenido suerte, la vida era sorprendentemente fácil, el trabajo pasable, el departamento bonito, las películas excelentes. Entonces llegaba carta de mamá.

     No las detestaba; si le hubieran faltado habría sentido caer sobre él la libertad como un peso insoportable. Las cartas de mamá le traían un tácito perdón (pero de nada había que perdonarlo), tendían el puente por donde era posible seguir pasando. Cada una lo tranquilizaba o lo inquietaba sobre la salud de mamá, le recordaba la economía familiar, la permanencia de un orden. Y a la vez odiaba ese orden. Y a la vez odiaba ese orden y lo odiaba por Laura, porque Laura estaba en París pero cada carta de mamá la definía como ajena, como cómplice de ese orden que el había repudiado una noche en el jardín, después de oír una vez más la tos apagada, casi humilde de Nico.

     No, no le mostraría la carta. Era innoble sustituir un nombre por otro, era intolerable que Laura leyera la frase de mamá. Su grotesco error, su tonta torpeza de un instante —la veía luchando con una pluma vieja, con el papel que se ladeaba, con su vista insuficiente—, crecería con Laura como una semilla fácil. Mejor tirar la carta (la tiró esa tarde misma) y por la noche ir al cine con Laura, olvidarse lo antes posible de que Víctor había preguntado por ellos. Aunque fuera Víctor, el primo tan bien educado, olvidarse de que Víctor había preguntado por ellos.

      Diabólico, agazapado, relamiéndose, Tom esperaba que Jerry cayera en la trampa. Jerry no cayó, y llovieron sobre Tom catástrofes incontables. Después Luis compró helados, los comieron mientras miraban distraídamente los anuncios en colores. Cuando empezó la película, Laura se hundió un poco más en su butaca y retiró la mano del brazo de Luis. Él la sentía otra vez lejos, quién sabe si lo que miraban juntos era ya la misma cosa para los dos, aunque más tarde comentaran la película en la calle o en la cama. Se preguntó (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) si Nico y Laura habían estado así de distantes en los cines, cuando Nico la festejaba y salían juntos. Probablemente habían conocido todos los cines de Flores, toda la rambla estúpida de la calle Lavalle, el león, el atleta que golpea el gongo, los subtítulos en castellano por Carmen de Pinillos, los personajes de esta película son ficticios, y toda relación... Entonces, cuando Jerry había escapado de Tom y empezaba la hora de Bárbara Stanwyck o de Tyron Power, la mano de Nico se acostaría despacio sobre el muslo de Laura (el pobre Nico, tan tímido, tan novio), y los dos se sentirían culpables de quién sabe qué. Bien le constaba a Luis que no habían sido culpables de nada definitivo; aunque no hubiera tenido la más deliciosa de las pruebas, el veloz desapego de Laura por Nico hubiera bastado para ver en ese noviazgo un mero simulacro urdido por el barrio, la vecindad, los círculos culturales y recreativos que son la sal de Flores. Había bastado el capricho de ir una noche a la misma sala de baile que frecuentaba Nico, el azar de una presentación fraternal. Tal vez por eso, por la facilidad del comienzo, todo el resto había sido inesperadamente duro y amargo. Pero no quería acordarse ahora, la comedia había terminado con la blanda derrota de Nico, su melancólico refugio en una muerte de tísico. Lo raro era que Laura no lo nombrara nunca, y que por eso tampoco él lo nombrara, que Nico no fuera ni siquiera el difunto, ni siquiera el cuñado muerto, el hijo de mamá. Al principio le había traído un alivio después del turbio intercambio de reproches, del llanto y los gritos de mamá, de la estúpida intervención del tío Emilio y del primo Víctor (Víctor preguntó esta mañana por ustedes), el casamiento apresurado y sin más ceremonia que un taxi llamado por teléfono y tres minutos delante de un funcionario con caspa en las solapas. Refugiados en un hotel de Adrogué, lejos de mamá y de toda la parentela desencadenada, Luis había agradecido a Laura que jamás hiciera referencia al pobre fantoche que tan vagamente había pasado de novio a cuñado. Pero ahora, con un mar de por medio, con la muerte y dos años de por medio, Laura seguía sin nombrarlo, y él se plegaba a su silencio por cobardía, sabiendo que en el fondo ese silencio lo agraviaba por lo que tenía de reproche, de arrepentimiento, de algo que empezaba a parecerse a la traición. Más de una vez había mencionado expresamente a Nico, pero comprendía que eso no contaba, que la respuesta de Laura tendía a desviar la conversación. Un lento territorio prohibido se había ido formando poco a poco en su lenguaje, aislándolos de Nico, envolviendo su nombre y su recuerdo en un algodón manchado y pegajoso. Y del otro lado mamá hacía lo mismo, confabulaba inexplicablemente en el silencio. Cada carta hablaba de los perros, de Matilde, de Víctor, del salicilato, del pago de la pensión. Luis había esperado que alguna vez mamá aludiera a su hijo para aliarse con ella frente a Laura, obligar cariñosamente a Laura a que aceptara la existencia póstuma de Nico. No porque fuera necesario, a quién le importaba nada de Nico vivo o muerto, pero la tolerancia de su recuerdo en el panteón del pasado hubiera sido la oscura, irrefutable prueba de que Laura lo había olvidado verdaderamente y para siempre. Llamado a la plena luz de su nombre el íncubo se hubiera desvanecido, tan débil e inane como cuando pisaba la tierra. Pero Laura seguía callando el nombre de Nico, y cada vez que lo callaba, en el momento preciso en que hubiera sido natural que lo dijera y exactamente lo callaba, Luis sentía otra vez la presencia de Nico en el jardín de Flores, escuchaba su tos discreta preparando el más perfecto regalo de bodas imaginable, su muerte en plena luna de miel de la que había sido su novia, del que había sido su hermano.

      Una semana más tarde Laura se sorprendió de que no hubiera llegado carta de mamá. Barajaron las hipótesis usuales, y Luis escribió esa misma tarde. La respuesta no lo inquietaba demasiado, pero hubiera querido (lo sentía al bajar las escaleras por la mañana) que la portera le diera a él la carta en vez de subir al tercer piso. Una quincena más tarde reconoció el sobre familiar, el rostro del almirante Brown y una vista de las cataratas del Iguazú. Guardó el sobre antes de salir a la calle y contestar el saludo de Laura asomada a la ventana. Le pareció ridículo tener que doblar la esquina antes de abrir la carta. El Boby se había escapado a la calle y unos días después había empezado a rascarse, contagio de algún perro sarnoso. Mamá iba a consultar a un veterinario amigo del tío Emilio, porque no era cosa de que el Boby le pegara la peste al Negro. El tío Emilio era de parecer que los bañara con acaroína, pero ella ya no estaba para esos trotes y sería mejor que el veterinario recetara algún polvo insecticida o algo para mezclar con la comida. La señora de la lado tenía un gato sarnoso, vaya a saber si los gatos no eran capaces de contagiar a los perros, aunque fuera a través del alambrado. Pero qué les iba a interesar a ellos esas charlas de vieja, aunque Luis siempre había sido muy cariñoso con los perros y de chico hasta dormía con uno a los pies de la cama, al revés de Nico que no le gustaban mucho. La señora de al lado aconsejaba espolvorearlos con dedeté por si no era sarna, los perros pescan toda clase de pestes cuando andan por la calle; en la esquina de Bacacay paraba un circo con animales raros, a lo mejor había microbios en el aire, esas cosas. Mamá no ganaba para sustos, entre el chico de la modista que se había quemado el brazo con leche hirviendo y el Boby sarnoso.

       Después había como una estrellita azul (la pluma cucharita que se enganchaba en el papel, la exclamación de fastidio de mamá) y entonces unas reflexiones melancólicas sobre lo sola que se quedaría si también Nico se iba a Europa como parecía, pero ese era el destino de los viejos, los hijos son golondrinas que se van un día, hay que tener resignación mientras el cuerpo vaya tirando. La señora de al lado...

     Alguien empujó a Luis, le soltó una rápida declaración de derechos y obligaciones con acento marsellés. Vagamente comprendió que estaba estorbando el paso de la gente que entraba por el angosto corredor al métro. El resto del día fue igualmente vago, telefoneó a Laura para decirle que no iría a almorzar, pasó dos horas en un banco de plaza releyendo la carta de mamá, preguntándose qué debería hacer frente a la insania. Hablar con Laura, antes de nada. Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) seguir ocultándole a Laura lo que pasaba. Ya no podía fingir que esta carta se había perdido como la otra, ya no podía creer a medias que mamá se había equivocado y escrito Nico por Víctor, y que era tan penoso que se estuviera poniendo chocha. Resueltamente esas cartas eran Laura, eran lo que iba a ocurrir con Laura. Ni siquiera eso: lo que ya había ocurrido desde el día de su casamiento, la luna de miel en Adrogué, las noches en que se habían querido desesperadamente en el barco que los traía a Francia. Todo era Laura, todo iba a ser Laura ahora que Nico quería venir a Europa en el delirio de mamá. Cómplices como nunca, mamá le estaba hablando a Laura de Nico, le estaba anunciando que Nico iba a venir a Europa, y lo decía así, Europa a secas, sabiendo tan bien que Laura comprendería que Nico iba a desembarcar en Francia, en París, en una casa donde se fingía exquisitamente haberlo olvidado, pobrecito.

      Hizo dos cosas: escribió al tío Emilio señalándole los síntomas que lo inquietaban y pidiéndole que visitara inmediatamentte a mamá para cerciorarse y tomar las medidas del caso. Bebió un coñac tras otro y anduvo a pie hacia su casa para pensar en el camino lo que debía decirle a Laura, porque al fin y al cabo tenía que hablar con Laura y ponerla al corriente. De calle en calle fue sintiendo cómo le costaba situarse en el presente, en lo que tendría que suceder media hora más tarde. La carta de mamá lo metía, lo ahogaba en la realidad de esos dos años de vida en París, la mentira de una paz traficada, de una felicidad de puertas para afuera, sostenida por diversiones y espectáculos, de un pacto involuntario de silencio en que los dos se desunían poco a poco como en todos los pactos negativos. Sí, mamá, sí, pobre Boby sarnoso, mamá. Pobre Boby, pobre Luis, cuánta sarna, mamá. Un baile del club de Flores, mamá, fui porque él insistía, me imagino que quería darse corte con su conquista. Pobre Nico, mamá, con esa tos seca en que nadie creía todavía, con ese traje cruzado a rayas, esa peinada a la brillantina, esas corbatas de rayón tan cajetillas. Uno charla un rato, simpatiza, cómo no vas a bailar esa pieza con la novia del hermano, oh, novia es mucho decir, Luis, supongo que puedo llamarlo Luis, verdad. Pero sí, me extraña que Nico no la haya llevado a casa todavía, usted le va a caer tan bien a mamá. Este Nico es más torpe, a que ni siquiera habló con su papá. Tímido, sí, siempre fue igual. Como yo. ¿De qué se ríe, no me cree? Pero si yo no soy lo que parezco... ¿Verdad que hace calor? De veras, usted tiene que venir a casa, mamá va a estar encantada. Vivimos los tres solos, con los perros. Che Nico, pero es una vergüenza, te tenías esto escondido, malandra. Entre nosotros somos así, Laura, nos decimos cada cosa. Con tu permiso, yo bailaría este tango con la señorita.

     Tan poca cosa, tan fácil, tan verdaderamente brillantina y corbata rayón. Ella había roto con Nico por error, por ceguera, porque el hermano rana había sido capaz de ganar de arrebato y darle vuelta la cabeza. Nico no juega al tenis, qué va a jugar, usted no lo saca del ajedrez y la filatelia, hágame el favor. Callado, tan poca cosa el pobrecito, Nico se había ido quedando atrás, perdido en un rincón del patio, consolándose con el jarabe pectoral y el mate amargo. Cuando cayó en cama y le ordenaron reposo coincidió justamente con un baile en Gimnasia y Esgrima de Villa del Parque. Uno no se va a perder esas cosas, máxime cuando va a tocar Edgardo Donato y la cosa promete. A mamá le parecía tan bien que él sacara a pasear a Laura, le había caído como una hija apenas la llevaron una tarde a la casa. Vos fijate, mamá, el pibe está débil y capaz que le hace impresión si uno le cuenta. Los enfermos como él se imaginan cada cosa, de fija que va a creer que estoy afilando con Laura. Mejor que no sepa que vamos a Gimnasia. Pero yo no le dije eso a mamá, nadie de casa se enteró nunca que andábamos juntos. Hasta que se mejorara el enfermito, claro. Y así el tiempo, los bailes, dos o tres bailes, las radiografías de Nico, después el auto del petiso Ramos, la noche de la farra en casa de la Beba, las copas, el paseo en auto hasta el puente del arroyo, una luna, esa luna como una ventana de hotel allá arriba, y Laura en el auto negándose, un poco bebida, las manos hábiles, los besos, los gritos ahogados, la manta de vicuña, la vuelta en silencio, la sonrisa de perdón.
La sonrisa era casi la misma cuando Laura le abrió la puerta. Había carne al horno, ensalada, un flan. A las diez vinieron unos vecinos que eran sus compañeros de canasta. Muy tarde, mientras se preparaban para acostarse, Luis sacó la carta y la puso sobre la mesa de luz.

—No te hablé antes porque no quería afligirte. Me parece que mamá...
Acostado, dándole la espalda, esperó. Laura guardó la carta en el sobre, apagó el velador. La sintió contra él, no exactamente contra pero la oía respirar cerca de su oreja.
—¿Vos te das cuenta? —dijo Luis, cuidando su voz.
—Sí. ¿No creés que se habrá equivocado de nombre?
Tenía que ser. Peón cuatro rey, peón cuatro rey. Perfecto.
—A lo mejor quizo poner Víctor —dijo, clavándose lentamente las uñas en la palma de la mano.
—Ah, claro. Podría ser —dijo Laura. Caballo rey tres alfil.
Empezaron a fingir que dormían.

     A Laura le había parecido bien que el tío Emilio fuera el único en enterarse, y los días pasaron sin que volvieran a hablar de eso. Cada vez que volvía a casa, Luis esperaba una frase o un gesto insólitos en Laura, un claro en esa guardia perfecta de calma y de silencio. Iban al cine como siempre, hacían el amor como siempre. Para Luis ya no había en Laura otro misterio que el de su resignada adhesión a esa vida en la que nada había llegado a ser lo que pudieron esperar dos años atrás. Ahora la conocía bien, a la hora de las confrontaciones definitivas tenía que admitir que Laura era como había sido Nico, de las que se quedan atrás y sólo obran por inercia, aunque empleara a veces una voluntad casi terrible en no hacer nada, en no vivir de veras para nada. Se hubiera entendido mejor con Nico que con él, y los dos lo venían sabiendo desde el día de su casamiento, desde las primerras tomas de posición que siguen a la blanda aquiescencia de la luna de miel y el deseo. Ahora Laura volvía a tener la pesadilla. Soñaba mucho, pero la pesadilla era distinta, Luis la reconocía entre muchos otros movimientos de su cuerpo, palabras confusas o breves gritos de animal que se ahoga. Había empezado a bordo, cuando todavía hablaban de Nico porque Nico acababa de morir y ellos se habían embarcado unas pocas semanas después. Una noche, después de acordarse de Nico y cuando ya se insinuaba el tácito silencio que se instalaría luego entre ellos, Laura lo despertaba con un gemido ronco, una sacudida convulsiva de las piernas, y de golpe un grito que era una negativa total, un rechazo con las dos manos y todo el cuerpo y toda la voz de algo horrible que le caía desde el sueño como un enorme pedazo de materia pegajosa. Él la sacudía, la calmaba, le traía agua que bebía sollozando, acosada aún a medias por el otro lado de su vida. Decía no recordar nada, era algo horrible pero no se podía explicar, y acababa por dormirse llevándose su secreto, porque Luis sabía que ella sabía, que acababa de enfrentarse con aquel que entraba en su sueño, vaya a saber bajo qué horrenda máscara, y cuyas rodillas abrazaría Laura en un vértigo de espanto, quizá de amor inútil. Era siempre lo mismo, le alcanzaba un vaso de agua, esperando en silencio a que ella volviera a apoyar la cabeza en la almohada. Quizá un día el espanto fuera más fuerte que el orgullo, si eso era orgullo. Quizá entonces él podría luchar desde su lado. Quizá no todo estaba perdido, quizá la nueva vida llegara a ser realmente otra cosa que ese simulacro de sonrisas y de cine francés.

     Frente a la mesa de dibujo, rodeado de gentes ajenas, Luis recobraba el sentido de la simetría y el método que le gustaba aplicar a la vida. Puesto que Laura no tocaba el tema, esperando con aparente indiferencia la contestación del tío Emilio, a él le correspondía entenderse con mamá. Contestó su carta limitándose a las menudas noticias de las últimas semanas, y dejó para la postdata una frase rectificatoria: «De modo que Víctor habla de venir a Europa. A todo el mundo le da por viajar, debe ser la propaganda de las agencias de turismo. Decíle que escriba, le podemos mandar todos los datos que necesite. Decíle también que desde ahora cuenta con nuestra casa.»

      El tío Emilio contestó casi a vuelta de correo, secamente como correspondía a un pariente tan cercano y tan resentido por lo que en el velorio de Nico había calificado de incalificable. Sin haberse disgustado de frente con Luis, había demostrado sus sentimientos con la sutileza habitual en casos parecidos, absteniéndose de ir a despedirlo al barco, olvidando dos años seguidos la fecha de su cumpleaños. Ahora se limitaba a cumplir con su deber de hermano político de mamá, y enviaba escuetamente los resultados. Mamá estaba muy bien pero casi no hablaba, cosa comprensible teniendo en cuenta los muchos disgustos de los últimos tiempos. Se notaba que estaba muy sola en la casa de Flores, lo cual era lógico puesto que ninguna madre que ha vivido toda la vida con sus dos hijos puede sentirse a gusto en una enorme casa llena de recuerdos. En cuanto a las frases en cuestión, el tío Emilio había procedido con el tacto que se requería en vista de lo delicado del asunto, pero lamentaba decirles que no había sacado gran cosa en limpio, porque mamá no estaba en vena de conversación y hasta lo había recibido en la sala, cosa que nunca hacía con su hermano político. A una insinuación de orden terapéutico, había contestado que aparte del reumatismo se sentía perfectamente bien, aunque en esos días la fatigaba tener que planchar tantas camisas. El tío Emilio se había interesado por saber de qué camisas se trataba, pero ella se había limitado a una inclinación de cabeza y un ofrecimiento de jerez y galletitas Bagley.

     Mamá no les dio demasiado tiempo para discutir la carta del tío Emilio y su ineficacia manifiesta. Cuatro días después llegó un sobre certificado, aunque mamá sabía de sobra que no hay necesidad de certificar las cartas aéreas a París. Laura telefoneó a Luis y le pidió que volviera lo antes posible. Media hora más tarde la encontró respirando pesadamente, perdida en la contemplación de unas flores amarillas sobre la mesa. La carta estaba en la repisa de la chimenea, y Luis volvió a dejarla ahí después de la lectura. Fue a sentarse junto a Laura, esperó. Ella se encogió de hombros.
—Se ha vuelto loca —dijo.

      Luis encendió un cigarrillo. El humo le hizo llorar los ojos. Comprendió que la partida continuaba, que a él le tocaba mover. Pero a esa partida la estaban jugando tres jugadores, quizá cuatro. Ahora tenía la seguridad de que también mamá estaba al borde del tablero. Poco a poco resbaló en el sillón, y dejó que su cara se pusiera la inútil máscara de las manos juntas. Oía llorar a Laura, abajo corrían a gritos los chicos de la portera.

     La noche trae consejo, etcétera. Les trajo un sueño pesado y sordo, después que los cuerpos se encontraron en una monótona batalla que en el fondo no habían deseado. Una vez más se cerraba el tácito acuerdo: por la mañana hablarían del tiempo, del crimen de Saint-Cloud, de James Dean. La carta seguía sobre la repisa y mientras bebían té no pudieron dejar de verla, pero Luis sabía que al volver del trabajo ya no la encontraría. Laura borraba las huellas con su fría, eficaz diligencia. Un día, otro día, otro día más. Una noche se rieron mucho con los cuentos de los vecinos, con una audición de Fernandel. Se habló de ir a ver una pieza de teatro, de pasar un fin de semana en Fontainebleau.

      Sobre la mesa de dibujo se acumulaban los datos innecesarios, todo coincidía con la carta de mamá. El barco llegaba efectivamente al Havre el vierrnes 17 por la mañana, y el tren especial entraba en Saint-Lazare a las 11:45. El jueves vieron la pieza de teatro y se divirtieron mucho. Dos noches antes Laura había tenido otra pesadilla, pero él no se molestó en traerle agua y la dejó que se tranquilizara sola, dándole la espalda. Después Laura durmió en paz, de día andaba ocupada cortando y cosiendo un vestido de verano. Hablaron de comprar una máquina de coser eléctrica cuando terminaran de pagar la heladera. Luis encontró la carta de mamá en el cajón de la mesa de luz y la llevó a la oficina. Telefoneó a la compañía naviera, aunque estaba seguro de que mamá daba las fechas exactas. Era su única seguridad, porque todo el resto no se podía siquiera pensar. Y ese imbécil del tío Emilio. Lo mejor sería escribir a Matilde, por más que estuviesen distanciados Matilde comprendería la urgencia de intervenir, de proteger a mamá. ¿Pero realmente (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) había que proteger a mamá, precisamente a mamá? Por un momento pensó en pedir larga distancia y hablar con ella. Se acordó del jerez y las galletitas Bagley, se encogió de hombros. Tampoco había tiempo de escribir a Matilde, aunque en realidad había tiempo pero quizá fuese preferible esperar al viernes diecisiete antes de... El coñac ya no lo ayudaba ni siquiera a no pensar, o por lo menos a pensar sin tener miedo. Cada vez recordaba con más claridad la cara de mamá en las últimas semanas de Buenos Aires, después del entierro de Nico. Lo que él había entendido como dolor, se lo mostraba ahora como otra cosa, algo en donde había una rencorosa desconfianza, una expresión de animal que siente que van a abandonarlo en un terreno baldío lejos de la casa, para deshacerse de él. Ahora empezaba a ver de veras la cara de mamá. Recién ahora la veía de veras en aquellos días en que toda la familia se había turnado para visitarla, darle el pésame por Nico, acompañarla de tarde, y también Laura y él venían de Adrogué para acompañarla, para estar con mamá. Se quedaban apenas un rato porque después aparecía el tío Emilio, o Víctor, o Matilde, y todos eran una misma fría repulsa, la familia indignada por lo sucedido, por Adrogué, porque eran felices mientras Nico, pobrecito, mientras Nico. Jamás sospecharían hasta qué punto habían colaborado para embarcarlos en el primer buque a mano; como si se hubieran asociado para pagarles los pasajes, llevarlos cariñosamente a bordo con regalos y pañuelos.

      Claro que su deber de hijo lo obligaba a escribir en seguida a Matilde. Todavía era capaz de pensar cosas así antes del cuarto coñac. Al quinto las pensaba de nuevo y se reía (cruzaba París a pie para estar más solo y despejarse la cabeza), se reía de su deber de hijo, como si los hijos tuvieran deberes, como si los deberes fueran los de cuarto grado, los sagrados deberes para la sagrada señorita del inmundo cuarto grado. Porque su deber de hijo no era escribir a Matilde. ¿Para qué fingir (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) que mamá estaba loca? Lo único que se podía hacer era no hacer nada, dejar que pasaran los días, salvo el viernes. Cuando se despidió como siempre de Laura diciéndole que no vendría a almorzar porque tenía que ocuparse de unos afiches urgentes, estaba tan seguro del resto que hubiera podido agregar: «Si querés vamos juntos.» Se refugió en el café de la estación, menos por disimulo que para tener la pobre ventaja de ver sin ser visto. A las once y treinta y cinco descubrió a Laura por su falda azul, la siguió a distancia, la vio mirar el tablero, consultar a un empleado, comprar un boleto de plataforma, entrar en el andén donde ya se juntaba la gente con el aire de los que esperan. Detrás de una zorra cargada de cajones de fruta miraba a Laura que parecía dudar entre quedarse cerca de la salida del andén o internarse por él. La miraba sin sorpresa, como a un insecto cuyo comportamiento podía ser interesante. El tren llegó casi en seguida y Laura se mezcló con la gente que se acercaba a las ventanillas de los coches buscando cada uno lo suyo, entre gritos y manos que sobresalían como si dentro del tren se estuvieran ahogando. Bordeó la zorra y entró al andén entre más cajones de fruta y manchas de grasa. Desde donde estaba vería salir a los pasajeros, vería pasar otra vez a Laura, su rostro lleno de alivio porque el rostro de Laura, ¿no estaría lleno de alivio? (No era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo.) Y después, dándose el lujo de ser el último una vez que pasaran los últimos viajeros y los últimos changadores, entonces saldría a su vez, bajaría a la plaza llena de sol para ir a beber coñac al café de la esquina. Y esa misma tarde escribiría a mamá sin la menor referencia al ridículo episodio (pero no era ridículo) y después tendría valor y hablaría con Laura (pero no tendría valor y no hablaría con Laura). De todas maneras coñac, eso sin la menor duda, y que todo se fuera al demonio. Verlos pasar así en racimos, abrazándose con gritos y lágrimas, las parentelas desatadas, un erotismo barato como un carroussel de feria barriendo el andén, entre valijas y paquetes y por fin, por fin, cuánto tiempo sin vernos, qué quemada estás, Ivette, pero sí, hubo un sol estupendo, hija. Puesto a buscar semejanzas, por gusto de aliarse a la imbecilidad, dos de los hombres que pasaban cerca debían ser argentinos por el corte de pelo, los sacos, el aire de suficiencia disimulando el azoramiento de entrar en París. Uno sobre todo se parecía a Nico, puesto a buscar semejanzas. El otro no, y en realidad éste tampoco apenas se le miraba el cuello mucho más grueso y la cintura más ancha. Pero puesto a buscar semejanzas por puro gusto, ese otro que ya había pasado y avanzaba hacia el portillo de salida, con una sola valija en la mano izquierda, Nico era zurdo como él, tenía esa espalda un poco cargada, ese corte de hombros. Y Laura debía haber pensado lo mismo porque venía detrás mirándolo, y en la cara una expresión que él conocía bien, la cara de Laura cuando despertaba de la pesadilla y se incorporaba en la cama mirando fijamente el aire, mirando, ahora lo sabía, a aquél que se alejaba dándole la espalda, consumaba la innominable venganza que la hacía gritar y debatirse en sueños.

      Puestos a buscar semejanzas, naturalmente el hombre era un desconocido, lo vieron de frente cuando puso la valija en el suelo para buscar el billete y entregarlo al del portillo. Laura salió la primera de la estación, la dejó que tomara distancia y se perdiera en la plataforma del autobús. Entró en el café de la esquina y se tiró en una banqueta. Más tarde no se acordó si había pedido algo de beber, si eso que le quemaba la boca era el regusto del coñac barato. Trabajó toda la tarde en los afiches, sin tomarse descanso. A ratos pensaba que tendría que escribirle a mamá, pero lo fue dejando pasar hasta la hora de la salida. Cruzó París a pie, al llegar a casa encontró a la portera en el zaguán y charlo un rato con ella. Hubiera querido quedarse hablando con la portera o los vecinos, pero todos iban entrando en los departamentos y se acercaba la hora de cenar. Subió despacio (en realidad siempre subía despacio para no fatigarse los pulmones y no toser) y al llegar al tercero se apoyó en la puerta antes de tocar el timbre, para descansar un momento en la actitud del que escucha lo que pasa en el interior de una casa. Después llamó con los dos toques cortos de siempre.

—Ah, sos vos —dijo Laura, ofreciéndole una mejilla fría—. Ya empezaba a preguntarme si habrías tenido que quedarte más tarde. La carne debe estar recocida.

       No estaba recocida, pero en cambio no tenía gusto a nada. Si en ese momento hubiera sido capaz de preguntarle a Laura por qué había ido a la estación, tal vez el café hubiese recobrado el sabor, o el cigarrillo. Pero Laura no se había movido de casa en todo el día, lo dijo como si necesitara mentir o esperara que él hiciera un comentario burlón sobre la fecha, las manías lamentables de mamá. Revolviendo el café, de codos sobre el mantel, dejó pasar una vez más el momento. La mentira de Laura ya no importaba, una más entre tantos besos ajenos, tantos silencios donde todo era Nico, donde no había nada en ella o en él que no fuera Nico. ¿Por qué (no era una pregunta, pero cómo decirlo de otro modo) no poner un tercer cubierto en la mesa? ¿Por qué no irse, por qué no cerrar el puño y estrellarlo en esa cara triste y sufrida que el humo del cigarrillo deformaba, hacía ir y venir como entre dos aguas, parecía llenar poco a poco de odio como si fuera la cara misma de mamá? Quizá estaba en la otra habitación, o quizá esperaba apoyado en la puerta como había esperado él, o se había instalado ya donde siempre había sido el amo, en el territorio blanco y tibio de las sábanas al que tantas veces había acudido en sueños de Laura. Allí esperaría, tendido de espaldas, fumando también él su cigarrillo, tosiendo un poco, riéndose con una cara de payaso como la cara de los últimos días, cuando no le quedaba ni una gota de sangre sana en las venas.

     Pasó al otro cuarto, fue a la mesa de trabajo, encendió la lámpara. No necesitaba releer la carta de mamá para contestarla como debía. Empezó a escribir, querida mamá. Escribió: querida mamá. Tiró el papel, escribió: mamá. Sentía la casa como un puño que se fuera apretando. Todo era más estrecho, más sofocante. El departamento había sido suficiente para dos, estaba pensado exactamente para dos. Cuando levantó los ojos (acababa de escribir: mamá), Laura estaba en la puerta, mirándolo. Luis dejó la pluma.

—¿A vos no te parece que está mucho más flaco? —dijo.
Laura hizo un gesto. Un brillo paralelo le bajaba por las mejillas.
—Un poco —dijo—. Uno va cambiando...







Y  él había suspirado entonces
y ella le había dicho “¿qué?”.
Y él le había respondido “nada”,
como respondemos cuando
estamos pensando “todo”."
Ernesto Sábato (Sobre héroes y tumbas)
"Te espero cuando miremos al cielo 
de noche: tu allá, yo aquí, añorando 
aquellos días en los que un 
beso marcó la despedida, quizás por 
el resto de nuestras vidas."
Mario Benedetti